LA CASA DE PILATOS
Frente
a la capilla de la Virgen del Milagro hay una casa de especial arquitectura,
casa sui géneris y que no ofrece punto de semejanza con ninguna otra
de las de Lima. Sin embargo de ser anchuroso su patio, la casa es húmeda y
exhala húmedo vapor. Tiene un no sé qué de claustro, de castillo feudal y de
casa de ayuntamiento.
Que la casa fue de un conquistador, compañero de Pizarro, lo
prueba el hecho de estar la escalera colocada frente a la puerta de la calle;
pues tal era una de las prerrogativas acordadas a los conquistadores. Hoy no
llegan a diez las casas que conservan la escalera fronteriza.
El extranjero que pasa por la calle del Milagro se detiene
involuntariamente en su puerta y lanza al interior mirada escudriñadora. Y lo
particular es que a los limeños nos sucede lo mismo. Es una casa que habla a la
fantasía. Ni el Padre Santo de Roma le hará creer a un limeño que esa casa no
ha sido teatro de misteriosas leyendas.
Y luego, la casa misteriosa fue conocida, desde hace tres o
cuatro generaciones, con nombre a propósito para que la imaginación se eche
retozar. Nuestros abuelos y nuestros padres la llamaron la casa de
Pilatos, y así la llamamos nosotros y la llaman nuestros hijos. ¿Por qué?
¿Acaso Poncio Pilatos fue propietario en el Perú?
Entre mis manos y bajo mis espejuelos he tenido los títulos que
el actual dueño, compadeciendo acaso mi manía de embelesarme con antiguallas,
tuvo la amabilidad de permitirme examinar; y de ellos no aparece que el pretor
de Jerusalén hubiera tenido arte ni parte en la fábrica del edificio, cuya área
mide cuarenta varas castellanas de frente por sesenta y ocho de fondo.
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